Nuestra historia · Dennis Falkner

Snaggit.
Mi historia de
meteduras de pata.

Y por qué rendirse nunca fue una opción.

Una idea. Muchos rodeos. Sin rendirse. Leer la historia

Snaggit no nació en una oficina de startup de diseño. No había un plan de negocio perfecto, ni un equipo de desarrollo preparado, y mucho menos un plan maestro para los cinco años siguientes. Todo empezó con una llamada de mi madre.

Y con una respuesta mía que, vista con perspectiva, resume bastante bien lo ingenuo que fui al empezar:

«Pues te hacemos una app en un momento».

De un momento, nada.

Pero vayamos por partes.

2021

«Dennis, tenemos un problema…»

A principios de 2021 me llamó mi madre. En aquel momento llevaba dos comedores escolares en Aquisgrán y tenía un problema muy concreto:

«Dennis, ¿cómo puedo recibir pedidos sin colas y sin contacto directo con los clientes?». Mi respuesta llegó bastante rápido. Te hacemos una app. Un pequeño problema:

Por entonces sabía hacer páginas web. De desarrollo profesional de aplicaciones sabía bastante menos de lo que conviene saber antes de soltar una frase así. Así que la primera versión de Snaggit fue, sencillamente, una aplicación web.

¿Y saben qué? Funcionaba. Los alumnos la usaban. Los procesos se simplificaron. Los pedidos se podían preparar con antelación. Y de pronto empezaron a contactarnos otros comedores de la zona que buscaban exactamente una solución así.

Aquella pequeña solución para mi madre se convirtió de repente en una idea. Quizá incluso en una idea de negocio.

La primera app web de Snaggit con una lista de establecimientos y búsqueda de productos.Selección de productos de la primera app web de Snaggit en un navegador móvil.
La primera versión de Snaggit. Técnicamente, una app web. ¿Bonita? Cuestión de gustos. ¿Funcionaba? Sí.

Pues montamos una empresa.

¿Qué hace uno cuando acaba de crear su primera pequeña app web y de repente otras empresas se interesan por ella? Por lo visto, fundar una GmbH, una sociedad de responsabilidad limitada alemana. Al menos, esa fue nuestra conclusión.

En 2021 nació Falkner GmbH. Ya solo nos faltaba un nombre para la app. De Snack-it pasamos a Snackit. Y de ahí, finalmente, a:

Snaggit.

¿Por qué? Porque suena más o menos como pronunciamos por aquí las palabras en inglés. Sin meses de estrategia de marca. Sin un gran taller de trabajo.

Snaggit. Nos vale. Seguimos.

Esa forma de hacer las cosas nos pasaría factura más de una vez.

«No puede ser tan difícil».

Bastante pronto me quedó claro:

Si queríamos convertir nuestra aplicación web en un producto de verdad, necesitábamos ayuda profesional. Hacía falta un desarrollador. Encontramos a alguien enseguida a través de una web de anuncios. Un chico joven que parecía competente.

Perfecto. Eso pensé. Pero, a medida que aumentaba la complejidad, quedó claro que el proyecto era más grande de lo previsto. Se sumaron más desarrolladores. De repente teníamos un equipo de frontend. Después necesitábamos un equipo de backend.

Luego llegaron los pagos. Los servidores. El RGPD. La BaFin, el supervisor financiero alemán. Las integraciones. TestFlight. Las bases de datos. Y un montón de cosas que al principio ni siquiera sabía que no sabía. Lo que empezó como:

«Te hacemos una app en un momento». se había convertido, sin ninguna duda, en un proyecto de software de verdad.

Por cierto, mi carrera como diseñador también fue bastante corta.

Antes de contratar a un diseñador profesional, por supuesto ya había probado yo mismo cómo podría ser Snaggit. En fin. Dejo que el resultado hable por sí solo.

Mi primer diseño de interfaz: tres vistas naranjas de la app en una pantalla.
Mi primer diseño de interfaz. Dejo que el resultado hable por sí solo.

En algún momento, como emprendedor, hay que reconocer las propias fortalezas y debilidades. Mis habilidades de UI/UX de entonces pertenecían claramente a la segunda categoría. Así que busqué ayuda profesional. Y esa fue una de las decisiones que de verdad funcionaron.

De repente, Snaggit parecía Snaggit.

El nuevo diseño era exactamente lo que había imaginado. Solo que, claramente, yo no había sido capaz de darle ese aspecto. Por primera vez, Snaggit tenía una identidad visual de verdad. Y muchos elementos de aquellos diseños siguen presentes en nuestra app.

Así que ahora teníamos:

Una idea. Usuarios reales. Desarrolladores. Un equipo de backend. Un diseño profesional.

Diseño profesional de Snaggit con bienvenida y categorías de productos ilustradas.Diseño profesional de Snaggit con fotos de productos, precios y cesta.
El diseño profesional. De repente, Snaggit parecía Snaggit.

¿Qué podía salir mal ahora?

...

Un montón de cosas.

FESTIVAL DE ERRORES.

La app ya funcionaba en modo TestFlight en nuestro propio comedor. No en un PowerPoint. No como una maqueta de startup. Sino en un negocio real. Productos reales. Pedidos reales. Clientes reales. Y, por desgracia:

errores reales. Cuando nuestro backend provisional se encontró con el definitivo, empezó una etapa para la que aún no he encontrado una palabra mejor:

Festival de errores. Errores en los pedidos. Payment Failure. HTTP Failure. Arreglar un error. Encontrar otro. Arreglar ese. Descubrir que, a cambio, algo ha dejado de funcionar en otra parte. Y vuelta a empezar. Por cierto, le he cogido un poco de manía a la palabra «bug».

Captura histórica de la app: un error de pedido en lugar de un pago completado.Captura histórica de la app con el mensaje de error Payment Failure.Captura histórica de la app con el mensaje de error HTTP Failure.Opiniones de aquella época sobre la búsqueda y selección de un comedor en la app.Opiniones de aquella época con propuestas sobre filtros de productos e ingredientes.
Errores de pedidos, Payment Failure, HTTP Failure. Y opiniones desde un negocio real.

Pero entre tantos errores pasó algo decisivo.

La gente usaba Snaggit.

En medio de nuestro comedor estaba la tablet. Entraban pedidos. Se preparaban productos. Los clientes recogían sus pedidos. Snaggit estaba lejos de ser perfecto. Pero la idea funcionaba en la vida real. Y precisamente por eso no podía dar el proyecto por perdido sin más.

Tablet de Snaggit sobre el mostrador del comedor con un pedido recibido.Detalle de la interfaz de pedidos de la tablet en el comedor.Tablet con varios pedidos reales del comedor y una nota sobre horas de recogida incorrectas.
Snaggit en el día a día del comedor. Productos reales. Pedidos reales. Clientes reales.

Y entonces se fueron.

Llegó un momento en que el software ya no era el único problema. El equipo de frontend lo dejó. Poco después se fue también el equipo de backend. Y de repente, allí estaba yo. Con la sensación de haber vuelto al principio.

Hasta ese momento, el proyecto ya me había costado unos

50.000 €

en total.

Sin contar mi propio tiempo de trabajo.

Eso cuesta admitirlo. Tanto dinero. Tanto tiempo. Tantas conversaciones. Tantas noches. Y todavía no tenía un producto del que pudiera decir:

Ahora sí funciona.

Pero no estaba en cero.

Eso tuve que entenderlo yo primero. Porque ahora tenía algo que no tenía en 2021.

Tenía conocimientos.

Había entendido lo que nuestros clientes necesitaban de verdad.

Tenía un diseño profesional.

Tenía usuarios reales.

Tenía clientes en la app.

Y tenía personas esperando a que Snaggit funcionara bien de una vez.

Pero, sobre todo, había aprendido bastante bien cómo no había que hacerlo. Y eso también es conocimiento. Un conocimiento muy caro. Pero conocimiento al fin y al cabo.

¿Rendirse?

Claro que llega un momento en el que uno se pregunta:

¿Por qué me estoy haciendo esto? Cuando emprendes, a veces se junta todo. El dinero se ha ido. La confianza en las personas se ha ido. Cosas en las que creías dejan de funcionar de repente. Y aun así había una idea que nunca quise aceptar:

Me rindo. Quizá fuera convicción. Quizá, a veces, también un poco de cabezonería. Probablemente ambas cosas. Pero sabía una cosa:

También puedo sacarlo adelante por mí mismo.

Si el camino que he seguido no funciona, tendré que encontrar otro.

2024

Entonces llegó Falko.

En marzo de 2024, el día de mi cumpleaños, sonó el teléfono. Al otro lado:

Falko Müller. Un antiguo compañero de trabajo. Supermeticuloso. Organizado. Para mí, la definición de un funcionario ejemplar. Vamos, casi lo contrario de mi:

«Venga, lo hacemos y ya está». Y precisamente por eso pensé:

Necesitas a alguien así en el equipo. De alguna manera, con suficientes eufemismos, conseguí convencer a Falko de que se sumara a Snaggit. Y Falko cometió probablemente uno de los mayores errores de su carrera hasta entonces:

Aceptó un trabajo ingrato y sin sueldo en Snaggit. ;-) A mis ideas y mi velocidad, Falko aportaba estructura y precisión. Y después de lo vivido, los dos teníamos una cosa clarísima:

¡No más desarrolladores!

En serio. Nunca más. Estábamos de acuerdo:

No vamos a contratar a nadie más. Contratamos el desarrollo a un proveedor externo y listo. Y por fin habremos resuelto ese problema. ...

Por supuesto, las cosas fueron de otra manera.

«Buscad otra vez a alguien técnico».

Tras hablar con una asesora de emprendimiento, nos dejamos convencer para volver a buscar apoyo técnico. A través de la beca para emprendedores teníamos contacto con Digital Church. Preguntamos. Y, por casualidad, surgió una nueva colaboración.

Nuevo desarrollador. Nueva motivación. Y, bastante pronto, también:

una nueva UG, otra forma de sociedad de responsabilidad limitada alemana. Una decisión que después resultaría ser otra lección bastante cara. Pero al principio todo pintaba bien. Nuestro nuevo desarrollador recibió los diseños, los datos y todo lo que habíamos hecho hasta entonces.

Su comentario vino a ser:

«Esto es como pintar por números». Sonaba prometedor. Al cabo de unos seis o siete meses teníamos otra versión. Funcionaba. Bueno. Más o menos. Y entonces llegó nuestra primera gran feria.

Para entonces también dominábamos el marketing.

Bueno, casi. Diseñamos folletos. Creamos códigos QR. Planeamos promociones. Snaggit ya tenía eslóganes y material publicitario. Y un día llegaron los folletos recién impresos. Abrir la caja. Sacar un folleto. Tiene buena pinta.

El logotipo está bien. El naranja está bien. La maquetación está bien. El texto… Un momento.

«Vorbestelle isst besser».

No:

«Vorbestellen ist besser»: «Pedir por adelantado es mejor». No.

«Vorbestelle isst besser».

Faltaba una «n». Y «isst» significa «come», no «es». Por supuesto, nos dimos cuenta cuando ya estaban impresos. Al menos, Snaggit iba de comida. Así que tampoco nos habíamos salido tanto del tema.

Primer diseño publicitario de Snaggit con logotipo, código QR y un gato junto a una hamburguesa.Diseño de un folleto abierto en un programa de diseño en una pantalla.Folleto naranja de Snaggit impreso con la errata «Vorbestelle isst besser».Caja con folletos de Snaggit impresos y desplegados.
Del primer diseño publicitario a los folletos impresos. Con la «n» que faltaba incluida.

De visitantes a expositores.

Al principio íbamos a las ferias del sector como visitantes. Mirar. Escuchar. Hacer contactos. Entender cómo funciona el mercado. Y probablemente soñar un poco con estar allí algún día con Snaggit. Un tiempo después, ese día llegó de verdad.

Foto personal del viaje en tren para visitar la feria Lekkerland.
De camino a Lekkerland. Por entonces aún íbamos como visitantes.

IBA.

Nuestro propio stand. Nuestras propias camisetas. Nuestros propios folletos. Expositores enrollables. Una presentación de startup. Snaggit en una feria internacional del sector. Y, por supuesto:

Klümpchen. Los caramelos de nuestra tierra. Después de tantos años, aquello se sentía como un gran paso. Allí estábamos. Con nuestro propio producto. Con nuestro propio stand. Y con una app que… ...

Anuncio de Snaggit para IBA con referencia a la presentación de startups.Dennis en el stand de Snaggit en IBA.Detalle del stand de Snaggit con folletos, bolígrafos y un tarro de caramelos.
Presentación de startup, stand propio y Dennis en el stand. Snaggit en IBA.

IBA · Grabación original

Allí estábamos.

Dos personas presentan un móvil y unos folletos en el stand de Snaggit. La cámara recorre el pabellón y vuelve al stand. Se ven el logotipo de Snaggit, un expositor enrollable y el mostrador.

…no funcionaba.

Justo al empezar la feria. El día anterior se había subido una actualización a toda prisa. Digámoslo así:

La actualización y nuestra idea de un buen comienzo de feria no eran del todo compatibles. Por suerte, la feria era en Alemania. Pudimos echarle la culpa a internet de una cantidad sorprendente de problemas. ;-)

Los caramelos sí funcionaban.

Desde el primer momento. Totalmente estables. Sin errores. Sin problemas de servidor. Sin actualizaciones. Quizá nuestro producto más fiable de aquella mañana. Pero, pese a las dificultades, en IBA pasó justo lo que habíamos ido a buscar:

Conversamos. Recibimos opiniones. Hicimos contactos. Y conocimos a personas que entendían el problema que queríamos resolver con Snaggit. Para nosotros, la feria fue un éxito. Nuestro desarrollador, al parecer, lo veía de otra manera.

Poco después lo dejó. Y finalmente dejó también de responder.

Foto personal de grupo la noche después de IBA.
Después de IBA. Un momento personal lejos del stand.

Otro que se va.

El momento podría haber sido mejor. Porque la siguiente feria ya estaba en el calendario:

Intergastra.

¿Y ahora qué? ¿Cancelar? ¿No ir? ¿Esperar a otro desarrollador? No. Encargamos a un equipo externo otro prototipo a toda velocidad. Y nos fuimos a Stuttgart. Allí estábamos otra vez. Volviendo a hablar de Snaggit. Volviendo a tener conversaciones estupendas.

Y volviendo a casa con la misma conclusión:

Seguimos adelante.

En esa misma feria también nos encontramos con una idea que nos resultaba muy familiar, ahora presentada bajo otro nombre. Al parecer, esas experiencias también forman parte de emprender. Pero después de aquello hubo algo que cada vez tenía más claro:

Ya no quería que el futuro de Snaggit dependiera de si a algún desarrollador le seguiría apeteciendo trabajar en nuestro proyecto al día siguiente.

Falko en el stand de Snaggit en Intergastra.
Falko en el stand de Snaggit en Intergastra. Seguimos adelante.

Pues lo hago yo.

Ya tenía algunos conocimientos básicos de programación. Pero ahora quería entenderlo de verdad. No solo lo suficiente para explicarle a un desarrollador lo que necesitaba. Sino lo suficiente para hacerlo yo mismo. Así que aprendí.

Probé. Construí. Descarté. Seguramente solté bastantes palabrotas. Seguí aprendiendo. Y acabé ampliando mis conocimientos también en la Developer Academy. Por primera vez podía hacer algo más que explicar Snaggit.

Podía construirlo yo mismo.

Y esta vez tenía algo que no se aprende en ningún tutorial:

la experiencia de los años anteriores.

La web actual de Snaggit junto al proyecto de código abierto en el editor.
La web actual. Y el código que hay detrás. Podía construirla yo mismo.

Así que otra vez. Desde el principio.

Pero esta vez no era realmente desde el principio. Esta vez sabía lo que necesitaban nuestros clientes. Conocía el día a día del comedor. Conocía los problemas al hacer pedidos. Conocía la perspectiva del responsable del negocio.

Conocía la perspectiva de los usuarios. Conocía los callejones sin salida técnicos. Conocía los errores de los sistemas anteriores. Y, sobre todo, sabía:

Snaggit no puede ser un sistema rígido.

Así que Snaggit nació de nuevo. Modular. Flexible. Como una solución de marca blanca. Adaptable a distintos negocios y necesidades. Su punto de partida iba más allá de una idea teórica de producto. Se basaba en:

negocios reales. pedidos reales. clientes reales. errores reales. Y muchísimas lecciones aprendidas.

Snaggit hoy.

Lo que empezó como:

«Te hacemos una app en un momento». se convirtió con los años en una plataforma digital modular que usamos a diario y seguimos desarrollando junto con nuestros socios. Hoy podemos ofrecer a las empresas una solución en la que ya hemos cometido muchos de los errores que ellas ya no tienen por qué cometer.

Y quizá esa sea una de nuestras mayores ventajas. Hoy sé lo importantes que son los buenos socios. Sé lo que se siente cuando la tecnología no funciona. Sé lo que se siente cuando de repente nadie responde. Sé lo que se siente al invertir dinero en algo sin saber si al final funcionará.

Y sé cuánto más puede valer un socio fiable que una función en una lista de precios. Eso también define cómo queremos trabajar hoy con nuestros clientes. No queremos vender software y desaparecer después. Queremos entender cómo funciona un negocio.

Resolver problemas juntos. Y estar ahí cuando algo no sale como estaba previsto. Porque si algo he aprendido en este camino es esto:

La app actual de clientes de Snaggit con categorías de productos.

Snaggit hoy

Su app. Su marca. Sus clientes.

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Emprender no significa ganar siempre. También significa:

Tener ideas. Tomar decisiones. Cometer errores. Confiar en las personas. Llevarse alguna decepción. Encontrar socios. Perder socios. Invertir dinero. Perder dinero. Caerse. Aprender. Y volver a empezar. Hoy siento un enorme respeto por cualquiera que recorra ese camino.

Porque, desde fuera, de una empresa casi siempre solo se ve el resultado. No las noches que hubo antes. No las decisiones equivocadas. No las facturas. No las dudas. No los errores. Y desde luego no los folletos a los que les faltaba una «n».

¿Estaba todo esto planeado?

En absoluto.

¿Haría hoy algunas cosas de otra manera?

Sin duda.

¿Me rendiría?

Nunca.

Porque si esta historia me ha enseñado algo es esto:

Rendirse no es una opción.

Lo único que voy a entregar son cartas.

En Correos. Rendirme, nunca.

— Dennis Falkner

Fundador de Snaggit

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